Especial aniversario del falleciomiento del yiyo (41 Años)
EL YIYO, 41 AÑOS DESPUÉS: LA LEYENDA DE UN TORERO QUE SE FUE DEMASIADO PRONTO
José Cubero “El Yiyo” murió el 30 de agosto de 1985 en Colmenar Viejo. Tenía tan solo 21 años. Cuatro décadas después, su figura continúa formando parte de la memoria imborrable de la tauromaquia.
Hay fechas que el mundo del toro no olvida. El 30 de agosto de 1985 es una de ellas.
Aquel día, en la plaza de toros de Colmenar Viejo, la tragedia volvió a vestirse de luces. Un toro de la ganadería de Marqués de Domecq, de nombre Burlero, terminó con la vida de uno de los toreros jóvenes que mayor expectación habían despertado en aquellos años: José Cubero Sánchez, “El Yiyo”.
Tenía 21 años.
Era demasiado joven para morir y, sin embargo, había vivido ya con la intensidad de quien sabía que la profesión que había elegido exigía entregar la vida cada tarde.
Hoy, cuando se cumple un nuevo aniversario de aquella tragedia, su nombre continúa pronunciándose con respeto y emoción. Porque El Yiyo no fue solamente el torero que murió en Colmenar Viejo. Fue también la promesa que parecía destinada a convertirse en una de las grandes figuras de su generación.
UN TORERO NACIDO PARA EL TOREO
José Cubero Sánchez nació en Francia, en 1964, en el seno de una familia de origen español. Desde muy joven sintió la llamada del mundo del toro y comenzó a abrirse camino en una época especialmente exigente para cualquier joven que quisiera llegar a ser figura.
Su personalidad, su valor y unas condiciones naturales extraordinarias hicieron que pronto llamara la atención de aficionados y profesionales.
El Yiyo tenía algo difícil de explicar.
Poseía una manera de estar delante del toro que transmitía seguridad y personalidad. No necesitaba grandes gestos para llamar la atención. Su figura tenía presencia y su toreo apuntaba hacia algo grande.
En pocos años pasó de ser una joven promesa a convertirse en uno de los nombres importantes de la tauromaquia de los primeros años ochenta.
UNA CARRERA METEÓRICA
El camino hasta las grandes plazas no fue sencillo. Como tantos toreros, El Yiyo tuvo que recorrer plazas y pueblos, afrontar dificultades y demostrar tarde tras tarde que estaba preparado para asumir responsabilidades.
Su alternativa llegó en Burgos, en 1981, de manos de Ángel Teruel, con Rafael de Paula como testigo.
A partir de entonces comenzó una carrera que, pese a su corta duración, dejó una huella profunda.
Madrid también sería un escenario fundamental en su trayectoria. La exigente afición de Las Ventas supo reconocer en aquel joven torero unas condiciones especiales.
El Yiyo quería ser figura.
Y tenía tiempo para conseguirlo.
Pero el destino tenía otros planes.
EL 30 DE AGOSTO DE 1985
La tarde de Colmenar Viejo estaba llamada a ser una tarde más de toros.
Nadie podía imaginar que terminaría convertida en una de las jornadas más dolorosas de la historia reciente de la tauromaquia.
El Yiyo se enfrentaba al toro Burlero.
Durante la faena se produjo la tragedia.
El toro alcanzó al torero y le propinó una cornada mortal.
La imagen posterior quedaría grabada para siempre en la memoria de quienes vivieron aquella tarde y de todos aquellos que, años después, conocieron su historia.
La muerte de El Yiyo conmocionó al mundo del toro.
Tenía solamente 21 años.
UNA GENERACIÓN MARCADA POR LA TRAGEDIA
La muerte de El Yiyo tuvo todavía una dimensión más dolorosa por el momento en el que se produjo.
El mundo taurino venía de sufrir otras tragedias y la desaparición de aquel joven torero volvió a recordar una verdad que forma parte de la esencia de la tauromaquia: delante del toro no existen las garantías.
El Yiyo sabía perfectamente cuáles eran los riesgos.
Pero también sabía que el toreo exigía verdad.
Y esa verdad fue precisamente una de las características que muchos aficionados recuerdan de él.
MÁS ALLÁ DE LA TRAGEDIA
Con el paso de los años existe el riesgo de recordar a El Yiyo únicamente por su muerte.
Y sería injusto.
Porque antes de convertirse en leyenda, fue un torero.
Un joven que soñaba con triunfar, que quería conquistar las grandes plazas y que estaba construyendo una carrera que apuntaba muy alto.
Su legado no debería reducirse a aquella tarde de Colmenar Viejo.
Debe recordarse su personalidad, su ambición, su manera de interpretar el toreo y, sobre todo, la ilusión de un torero que todavía tenía prácticamente toda su carrera por delante.
EL RECUERDO DE LOS AFICIONADOS
Han pasado 41 años desde aquella tarde.
Han cambiado las plazas, las generaciones y la manera de vivir la fiesta.
Pero algunos nombres permanecen.
El Yiyo es uno de ellos.
Su recuerdo continúa vivo entre aficionados que lo vieron torear y también entre quienes solamente conocen su historia a través de fotografías, vídeos, libros y testimonios de quienes compartieron aquellos años.
Eso es lo que convierte a un torero en leyenda.
No solamente haber sido grande.
También conseguir que, décadas después, su nombre siga despertando emoción.
30 DE AGOSTO: UN DÍA PARA RECORDAR
Cada 30 de agosto, la tauromaquia vuelve la mirada hacia Colmenar Viejo.
Y vuelve a recordar a aquel muchacho que se marchó demasiado pronto.
José Cubero “El Yiyo” tenía 21 años cuando perdió la vida.
Quizá una de las frases que mejor resumen su historia sea precisamente esa: tenía toda una vida por delante y solamente pudo vivir una parte de ella vestido de luces.
Pero en esa corta carrera dejó una huella que el tiempo no ha conseguido borrar.
EL YIYO, SIEMPRE EN LA MEMORIA
La historia de la tauromaquia está llena de nombres, tardes gloriosas, triunfos y tragedias.
Algunos toreros son recordados por sus grandes faenas.
Otros, por sus temporadas.
Y otros terminan convirtiéndose en símbolos de una época.
El Yiyo pertenece a estos últimos.
Aquel 30 de agosto de 1985 se apagó la vida de un torero de apenas 21 años, pero no desapareció su recuerdo.
Porque hay toreros que mueren.
Y hay toreros que, con el paso del tiempo, se convierten en leyenda.
41 años después, El Yiyo sigue toreando en la memoria de los aficionados.
🕯️ 30 de agosto de 1985
José Cubero “El Yiyo” (1964-1985)
Un torero. Una promesa. Una tragedia. Una leyenda que el tiempo no ha podido borrar.
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